
"Happy birthday Pattie"

"Psicología del color"

"Marzo ¿blanco?"

"Mafalda"


"¿Qué son esas cajas con papel?"

"Hasta el 88% dto en..."

"¿Quieres ir al pre-estreno de Blancanieves?"

"Felicidades por sus luchas"
"... Y miércoles que empiezan de aquella manera..."

"Tienen algo en común"

"Instalando Democracia 2.0"
Nuestra generación -esa que está expuesta diariamente a un aluvión de tweets, decenas de comentarios en Fb y que 'menea' las noticias que realmente le interesan- se ha dado cuenta de que sus posibilidades comunicativas van más allá de fuerzas políticas, entidades económicas o lobbies de presión. Hemos descubierto el talón de Aquiles de cualquier poderoso: la posibilidad de informar y de ser informado. Y ante eso, poco se puede hacer.
Hemos despertado. Aquí estamos.
#spanishrevolution
#acampadasol
#nonosvamos
#yeswecamp
"Cada mañana bostezas, amenazas al despertador..."
"Criticando Bolonia y el sistema educativo"
Volviendo de golpe a abril de 2011, me encuentro frente al post de un amigo que acaba de superar la barrera de la Selectividad y estrenó en septiembre su etapa universitaria. En él, cuestiona la valía de los centros docentes actuales y, además, introduce unas notas agridulces sobre la importancia de los títulos universitarios. Mientras leo, se refuerza en mí la sensación de irrealidad educativa que llevo experimentando desde hace bastante tiempo y cuyo espejismo social será difícil de eliminar.
Parto de dos premisas: el 'sí o sí' de un título universitario como desarrollo personal y profesional y el desinterés como base de nuestro sistema educativo. Comienzo por el primer concepto.
La ‘titulitis’ o burbuja educativa
Imaginemos que estamos en el año 2003 y Susanita, que nació en 1985, está en segundo de Bachillerato. Como comentaba al principio, en este curso no son raras las disertaciones entorno al 'Y tú, ¿qué quieres estudiar?’. Susanita nunca se había planteado seriamente hacia donde llevar su vida porque su objetivo era aprobar las asignaturas del colegio y el instituto. Lo que sí que tenía claro era que iba a ir a la universidad. Y es que estudiar una licenciatura era lo lógico, era la evolución que le habían inculcado en el colegio, en casa y en los círculos de sus amistades.
Dejar el instituto en cuarto de la ESO era terrible y se miraba con pena a quien lo hacía, aunque fuera para estudiar una FP. A quien quiere dedicarse a la informática no le recomendaban hacer un módulo: le mandaban de cabeza a la universidad, y si podía dar el salto de la técnica a la superior, mejor que mejor. Por eso, si aún hoy preguntamos en colegios e institutos, la mayor parte de los estudiantes te comentarán que su futuro está en una carrera universitaria pero desconocerán si existe algún tipo de Formación Profesional que se ajuste más a sus gustos y a sus capacidades e, incluso, al trabajo ideal que tienen en la cabeza.Así, Susanita entra en ADE como podría haber entrado en Ingeniería Industrial –su segunda opción-, o Traducción e interpretación –la tercera-. Pero la necesidad del 'estudio por el estudio' no acaba ahí. Cuando se gradúa en la universidad, el agobio de segundo de Bachillerato regresa. ¿Ahora qué? Frente a ella se encuentra el precipicio del trabajo. Y echando un ojo, Susanita ve que las ofertas relacionadas con su titulación están copadas por otros estudiantes que han rematado su carrera con un máster, así que decide alargar los estudios un poco más.
Cuando vuelve al mercado, en 2011, más allá de la barrera de los 26 años, Susanita se topa con empresas que, además de pedirle títulos, idiomas y manejo de programas, quieren que tenga experiencia profesional, algo de lo que carece porque lo importante eran los estudios. Pero hay mucha demanda de empleo y muy poca oferta, por lo que Susanita lucha por un puesto en el que le pagan 18.000 euros. Sobra decir que nunca utilizará ninguno de los conceptos teóricos que aprendió en la universidad ni ejercitará nada de lo que hizo en el master, puesto que sus jefes prefieren que comience haciendo papeleo y respondiendo al teléfono.
En cualquier caso, Susanita ha tenido suerte. Había poca oferta y mucha demanda, además, excesivamente formada en la teoría. Eso sí, en algo que no tenía nada que ver con lo que está haciendo Susanita, ya que un grado de FP de administrativo hubiera sido más efectivo para cubrir su puesto. Pero, ¿por qué elegir a un chaval con módulo si puedes contratar a una persona con carrera y máster por el mismo precio?Evidentemente, la culpa no es única y exclusivamente de Susanita. Hemos llegado a un punto que la ‘Titulitis’ española se ha convertido en algo endémico y, siendo pesimista, muy difícil de curar. Nos creemos mejores por tener una carrera o dos y por haber estudiado un postgrado. Clamamos al cielo gritando el número de idiomas que sabemos y queremos que se nos recompense por ello. De lo que no nos damos cuenta es de que estamos, claramente, en un punto de ‘burbuja educativa’.
Porque cada año miles de Susanitas entran en una carrera concreta en todas nuestras universidades. Cuando salgan, la oferta de trabajo será muy inferior a la demanda, por lo que el precio que se pagará por cada Susanita será bastante más bajo de lo que se esperaría de una persona de sus características. Ahí está, una Susanita con un montón de estudios a sus espaldas y tan poco valorada como si no hubiera estudiado nada en absoluto.
El desinterés
Lo peor del asunto es que Susanita y el resto de los españoles y españolas asociamos este tipo de formación con el éxito, y el éxito con el dinero. Y aquí viene la segunda clave de la situación actual: el desinterés.
No lo aplico a todo el mundo, evidentemente, pero muchas personas que me he encontrado durante mi etapa universitaria carecían de inquietudes y no querían más conocimiento que el que se supone que te atribuye la universidad. En pocas palabras: ‘yo apruebo mis asignaturas y el resto ya se verá. Total, lo que me van a pedir es la titulación…’. Y así estábamos, copiando lo que iba leyendo el profesor en una situación de lo más absurda (sobre todo, existiendo Internet y las impresoras).
¿Está mal formarse? Es absolutamente necesario. Pero existe formación más allá de las aulas universitarias. He de decir, incluso, que las personas con mentes inquietas, como comenta mi amigo, tendrán interés en evolucionar más allá del contexto en el que se encuentren. De hecho, para mi sorpresa, algunos de los mejores profesionales con los que me he cruzado no tienen terminada su carrera o hicieron un ciclo formativo como especialidad.
Que no se me malinterprete. No estoy echando por tierra las carreras universitarias. Pero quiero que quede claro que no creo ni creeré nunca en el ‘estudiar por estudiar’. Hay que aprender, crecer, mejorar. Somos una de las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, sí, pero ni sabemos tanto como pensamos, ni somos tan buenos, ni dominamos tantos idiomas. Aún nos queda mucho por aprender.
Y sólo cuando cuando seamos conscientes de que nuestro valor es lo que sabemos y saquemos partido a nuestras cualidades (tengamos más o menos títulos colgados de la pared de nuestra habitación), podremos hablar de Educación, con mayúscula.
Nos vemos a las ocho.
"Lunes, lluvia y linea 1 a reventar"
En Munich experimenté -brevemente, eso sí- la experiencia erasmus que nunca tuve. En cuarto de carrera preferí las prácticas profesionales a pasar un año en el extranjero y, aunque creo que fue una buena decisión, a veces viene a mi el fantasma del 'y si me hubiese ido a Francia...'.
Ya no puedo dar marcha atrás, así que las conversaciones paralelas en varios idiomas, el conocer a gente de aquí y de allí, el adaptarte a otros sabores, el desconectar de tu ciudad y tu manera de vivir, el abrir tu mente a otra mentalidad, son cosas que quedan bastante lejos de mi yo actual.
Por eso, siento que vuelvo a España más tonta que cuando me fui. Yo, que siempre he adorado los idiomas, he sido incapaz de lanzarme a la piscina y recordar mi alemán o chapurrear el inglés, como sería lógico que hiciera alguien que lleva estudiando el 'present simple' desde los cuatro años. En Alemania me he quedado muda, qué irónico en mí.
Pero ahí estaba, sin hablar, escuchando como todo mi alrededor hablaba de horarios, exámenes, vacaciones. Y me he sorprendido a mi misma suspirando por pasar tardes enteras estudiando en la biblioteca.
Qué raro es tener morriña de algo que nunca has vivido.
Nos vemos mañana, a las ocho.
"Tengo abandonado el twittermundo, horreur!"
"Se recomienda el uso del transporte público por los altos niveles de contaminación"

Hasta mañana, a las ocho.
"Un manual para que los soldados sepan usar Facebook y Twitter"

"Nacho Vigalondo anuncia que cierran su blog"
Llevo casi dos años escribiendo sobre la última públicación que aparece en cualquiera de mis redes sociales a primera hora de la mañana. Irónicamente, revistando todos mis posts, no encuentro ninguno que profundice sobre esta fuente de información. Simplemente tomo la frase al azar que aparece frente a mis ojos y la relaciono con mi propia existencia, hablando de mi trabajo, de mis aficiones, de mis amistades o del tiempo meteorológico. Total, las redes sociales son sólo mi excusa.
Es una pena porque Facebook o Twitter van más allá. No hay más que remontarse muy atrás en el tiempo para ver su relevancia. Esta semana, por ejemplo, Bisbal se ha enfrentado a una burla genaralizada por su comentario sobre los sucesos en Egipto y #turismobisbal se ha convertido en el trending topic de los últimos días.
Lo último, el cierre del blog que Nacho Vigalondo tenía en elpais.com debido a uno de sus tweets. Lo que él explica como una especie de experimento socioógico derivado de llegar a los 50.000 seguidores en su perfil de Twitter, fue tomado por los medios de comunicación como un comentario antisemita. Y así, de buenas a primeras, el director vió como se le echaba encima la opinión pública, influenciados por titulares como Nacho Vigalondo encrespa Twitter por decir que el Holocausto fue un montaje.
En el penúltimo post de su blog, Vigalondo se plantea a partir de qué cifra el twittero debe limitar sus pensamientos y quién establece el límite de expresión personal. Es decir, hasta que punto la persona tiene que tener en cuenta la interpretación que se hará de sus publicaciones y el uso de esa interpretación.
La palabra clave en esta cuestión es la contextualización. Twitter y Facebook se nutren de muchos comentarios arrancados de su hábitat natural -espacio y población que lo generó- que son arrojados a una red formada por muchos ecosistemas diferentes. En esa maraña, la oración puede perder el significado con el que nació e, incluso, malinterpretarse. Sería algo así como las frases sueltas que se cazan en el metro, mientras dos personas conversan.
Yo misma, sin ir más lejos -y en una comparación bastante mala, puesto que tengo 298 amigos en Fb frente a los 30.000 de Vigalondo-, escribo comentarios en mi muro derivados de conversaciones y situaciones que vivo con las personas de mi alrededor pero que, para quien no tenga ese contexto, carecen del sentido con el que yo los publiqué.
No me refiero solamente a uno del tipo 'El desenladrillador que la desenladrille, buen desenladrillador será' que comentó ayer mi amiga-socia-compañera de trabajo en un momento de desesperación laboral total y que, en vez de comprenderse como tal, tiene varios 'Me gusta' y un simpático 'Oh, yeah'. No. Hago alusión, por ejemplo, a otros como 'Ha vuelto la Blanca taurina' (un día que me dió por tararear pasodobles), que podría costarme varios clientes que estén en contra de la fiesta nacional.
Eso siendo yo poco polémica. Un amigo de la universidad -al que, por cierto, admiro bastante-, escribe auténticas barbaridades en Fb. Sacadas de contexto y sin comprender el humor negro de mi compañero, podría tener bastantes problemas. ¿Debe mi amigo, por tanto, abandonar su humor negro en Fb y limitarlo sólo a las reuniones sociales?
Evidentemente, en el caso de Vigalondo hay que ir más allá. Al ser un personaje público, los comentarios traspasan la frontera de los amigos y conocidos para alcanzar a los medios de comunicación, tan pendientes ultimamente de las redes sociales.
En ese sentido, ¿son Twitter o Facebook un recurso para completar las noticias o los medios las utilizan para generarlas? Parafraseando a Vigalondo, ¿hay que impedir que de nuestras redes sociales puedan brotar noticias como si fuesen tomates o hay que impedir que la prensa pueda plantar tomates en twitter a su libre albedrío?
Me asaltan, por tanto, dos grandes dudas. La primera es la que se refiere a la reeducación en la utilización de las redes sociales. ¿Comprendemos que el receptor del mensaje es completamente diferente a lo que hemos conocido hasta el momento? Es decir, que en nuestra vida habitual, nosotros cambiamos el discurso si nos dirigimos a familiares, a amigos o a compañeros de trabajo. Y medios de comunicación, si eres un personaje público. Las redes sociales, en cambio, aglutinan toda esta audiencia convirtiéndola en una. ¿Estamos preparados para asumir esta nueva realidad? ¿Quién debe enseñarnos?
La segunda cuestión tiene que ver con las fuentes de las que hacen uso los periodistas. Está claro cierto que Twitter es una herramienta FUNDAMENTAL para la cobertura de muchas noticias. Pero también es cierto que es origen de muchas de ellas. Volviendo a Vigalondo, el periodista puede 'plantar tomates en Twitter', o sea, puede sacar una noticia de donde no la había. Por lo tanto, si el usuario de las redes sociales debe adaptarse y comprender la nueva realidad comunicacional, ¿el periodista no deberá comprender que este medio de expresión no es una declaración oral ni un comunicado de prensa?
Mañana a las ocho estaré, como siempre, en mis redes sociales.
"Confirmar solicitud de amistad"
"Muerta, pero agradecidísima"
